Fuyu Geiko

Publicado: 11 febrero, 2010 en Filosofía

Una tradición que mantengo en mi dojo es cambiar el modo de entrenar de acuerdo a la estación en que nos encontremos, dividiendo el año en Go y Ju. Mi dojo no cuenta con calefacción ni aire acondicionado y, sin importar el mes en que estemos, entrenamos con la puerta abierta. Como consecuencia de esto, en invierno hace muchísimo frío, lo que disuade de venir a entrenar incluso al más entusiasta practicante.

Los meses de verano los dedicamos a pulir la técnica e investigar las teorías y estrategias de los kata. Por supuesto, el entrenamiento es duro y exigente, pero ponemos el énfasis en el perfeccionamiento de la técnica en esta calurosa época del año.

Cuando cambia el tiempo y el invierno se aproxima, con el consiguiente acortamiento de las horas solares, el entrenamiento cambia de objetivo. Ahora el énfasis se pone en forjar la técnica, el cuerpo y, lo más importante, el espíritu. Los estudiantes cuentan con la difícil tarea de hacer el entrenamiento con un objetivo en mente: ¡no rendirse!

En esta época los estudiantes se enfrentan consigo mismos al descubrir sus propias limitaciones, retándose a encararlas con coraje en un intento de ir más allá.

El mero hecho de ir al dojo para someterse a ese reto supone ya de por sí un esfuerzo, pero la recompensa está al alcance de cualquiera que quiera afrontar el shugyo.

Un practicante capaz de desarrollar su espíritu a través de tal entrenamiento afrontará los retos de la vida de un modo positivo, diciendo siempre ¡yo puedo!

“El tosco acero se cree maltratado porque lo arrojan al fuego y lo golpean repetidamente. La espada pulida mira atrás y comprende por qué…”

Artículo traducido del blog de Garry Lever con su autorización.

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